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jueves, 12 de diciembre de 2013

Circular Sur 303: Conocer para criticar


¿Sabe usted cuántas horas duerme un conductor de bus? ¿Cuántas horas tiene para comer? ¿Cuánto tiempo comparte con su esposa o sus hijos? La mayoría de las personas me responderán estos interrogantes con una negativa. Pero aún sin saber quién es él que va tras el volante y cómo es su vida, la mayoría de las personas se dedican a juzgarlo ¿Será que verle la cara nos da ese derecho? Porque al conductor del Metro no se le juzga, así también se pare en el freno en el momento menos pensado. 
 
Si existe un trabajo esclavizante es manejar bus. Se pasan hasta 4 o 5 horas sin poder ir al baño o poder probar bocado decente. Se enferman del corazón por la vida sedentaria que llevan, de los riñones por no poder orinar y conviven con un diario estrés que les saca arrugas antes de tiempo. Porque el conductor tiene variedad de responsabilidades: tiene que cuidar al pasajero, a sí mismo, al bus, al peatón, mantener contento al patrón, y llevar el pan a su casa. 

¿Por qué se estigmatiza tanto el trabajo del conductor? ¿De verdad es un pobre hijo de puta ―discúlpeme la grosería, amable lector―, que no estudió y que no sabe hacer nada más en la vida? La respuesta es no. He conocido de primera mano tecnólogos, administradores, incluso médicos que están manejando porque la vida no les dejó más opción. Y que se están ganando el pan para su mesa honradamente. 

Y se ha puesto usted a pensar, ¿a qué horas se levanta un conductor? La respuesta le aterrorizaría. Puedo decir que lo viví en carne propia y aún desconozco si levantarse a las 2:30 a.m. es madrugar o trasnochar. Y ellos lo hacen día tras día para que esta ciudad pueda ir a sus lugares de estudio o trabajo. Bajo esas circunstancias, ¿será que puedo yo exigirle a una persona común y corriente, igual que usted o yo, apreciado lector, que esté de buen genio a las 2pm habiendo dormido unas pocas horas? Creo que ni usted ni yo podemos exigir eso y aun así ellos hacen el intento. 

¡Y qué triste resulta oír cosas como está!: “¡Hijueputa! - ¿Será que un hijueputa más o un hijueputa menos me va a dar o a quitar?”. Estos hombres se han acostumbrado tanto al desprecio social que llegan a ese punto. Un “hijueputa”, “bruto”, “vaca” o “animal” ya les da igual. Ya no es insulto. Y no creo que usted, querido lector sea capaz de soportar un promedio de veinte insultos por día ¿o sí?..

Pero eso sí, usted como pasajero probablemente no cambie después de leer estas líneas. Usted seguirá haciendo mala cara por tener que ir parado en bus, cuando al Metro se mete como un borrego, seguirá criticando al conductor a diestra y siniestra y probablemente le seguirá insultando y en su inconsciente seguirá siendo un hijueputa muerto de hambre. 

¡Cuánto daño hacen los estereotipos! Y por cierto, antes de juzgar, tómese el tiempo de conocer.  

Velorio, 20 años de "chiveo"



Si voy a la bahía del Éxito de Laureles a preguntar por Jorge, me van a decir: ¿quién es ese?, pero si pregunto por Velorio, me van decir que espere la 420.  
 
Jorge es trigueño, no muy alto y el tiempo le ha hecho surcos en la piel antes de tiempo. La exposición constante al sol le ha oscurecido unas partes del cuerpo más que otras. Tiene una cicatriz en la base del tabique porque una vez se le cayó la tapa del motor del bus sobre éste. Sus labios están resquebrajados por el paso de los años pero eso no le quita su sonrisa y relajo. 

Dice que exactamente no sabe cuántos años lleva chiviando, que serán unos 20 o 25. Yo me atrevería a decir que son 20, porque para sacar pase de quinta categoría se necesitan 20 años y él tiene 42. 

Según cuenta, quiso ser conductor desde niño, desde que jugaba con carritos y su primer trabajo fue manejar la camioneta de un tío. 

A su edad aún está soltero. Es lo que comúnmente se llama viato. En todo el sentido de la palabra. Afirma que no se casó porque simplemente no llegó la indicada. Además, es un viato bastante ordenado con su dinero, porque a pesar de que él lo niega, varias personas en la ruta aseguran que tiene plata.

A veces altivo, a veces humilde, en el fondo no deja de ser un niño que se ríe por todo. Un niño montado en un bus que le gusta salpicar a la gente y partir las tablas que tiran debajo del puente de la Plaza Minorista.

 A pesar de que sus años de experiencia lo acreditan como uno de los más sobresalientes conductores, él asegura que no lo es. Aunque una cierta vez le cuestioné el no parar en el Disco a recoger un moño de gente y me respondió: ¿Me va a venir a enseñar o qué? Quizá no lo acepte abiertamente pero él bien sabe que alguien con su altísimo promedio en la ruta, es el mejor. 

Maneja la 420. La envidia de muchos. La 420 es la 420 y lo es simplemente porque es el bus que más corre de todo Circular Sur. Salirle adelante es misión imposible. Es un bus International que no posee su motor original, en reemplazo de éste tiene un motor Nissan 205. El mejor chivero tiene el mejor bus. 

Tiene unos dientes dignos de total envidia y una caballerosidad inexistente en los hombres de este siglo, a tal punto de llegar a darme la comida. Pero contrastante con este caballero hay un hombre que monta los codos a la mesa y es bastante grosero con sus demás compañeros hombres, que tacha a los nuevos de bobos y los espera esperados ―esperar esperado a alguien es dejarse ver la cola del carro con el objetivo de que el otro se enganche con uno y así no recoja pasajeros en el camino―. 

El apodo de este hombre nació de una situación bastante cómica. Luego de su primer año de trabajo, pidió un caimán para que lo reemplazara y solía sacar sus días libres con la excusa de que se le había muerto alguien… un tío, una tía, un primo, una prima… Como vivía en velorios, lo dejaron Velorio. 

Según él, el secreto para llevar tantos años chiviando es amar lo que se hace. Así de simple. Su mayor hazaña es diga de un héroe: "Hace como tres meses venía por las Vegas y la gente me estaba haciendo escándalo pero yo no entendía por qué. Hasta que una muchacha fue y me dijo: Es que a un señor le dio un patatus. Venía en el INEM del Poblado, hice un prohibido en el puente de la 4Sur y me metí a la Clínica Las Vegas con bus y todo". 

Comenta que en otra época de la vida le hubiese gustado ser un dueño, pero que ya no sueña con eso "porque el chiveo se está poniendo muy duro y ya no deja lo mismo que antes”. Entiendo perfectamente su sentir, cuando él entró lo normal eran mil pasajeros diarios, ahora… mover 800 es una proeza digna de diploma. 

Prefiere las motos porque los carros son como una moza que no da nada. A su percepción, lo único que hacen es comer plata y nada más.  

Sólo desayuna. Su almuerzo es tinto y cigarrillo. A pesar de ello, no huele a tabaco. Fuma Boston porque el Marlboro es muy fuerte y masca chicle todo el día. Hizo hasta quinto de primaria porque no le gustaba estudiar. Dice que en la escuela la maestra le pegaba mucho con la regla y eso le disgustaba bastante.

No le gusta la pernota y se le notan los nervios en su manía de prender y apagar el timbre constantemente. Su risa, a veces burlona, resulta insoportable para algunos. Y estoy segura que mientras pueda seguirá siendo el mismo sardinero y el mismo buen chivero.

Madrugar cansa pero pernotar aburre

Serie de dos crónicas sobre Circular Sur 303. 
 
Madrugar cansa…

Son las 2:17 a.m. Medellín está muerta. La alarma ha sonado ya dos veces. Sinceramente, desconozco si levantarse a esta hora es madrugar o trasnochar. Supongo que hay personas que ni siquiera se han acostado.

Salí de mi casa llena de suposiciones. Debía llegar a la bahía de los buses a las 4:10 a.m. A esa hora sale el primer Circular Sur del Éxito de Laureles. En mis cavilaciones, supuse que un conductor de bus no se levantaría tan temprano (¿los hombres suelen ser más ágiles?).

Llegué al Éxito a las 3:50 a.m. Contrario a lo que pensaba, la bahía no estaba desierta. La 81, parqueada atrás, ocupaba el lugar habitual de los buses que están de reserva. Una vez más, supuse que tendría la tabla de las 4:10 am… Pero no. Según el orden, el bus asignado es la 08. A eso de las 4:00 a.m., llegó la 252 y se puso de primera en la fila, él sería quién iniciaría la ruta.

A esta hora la ciudad no suena, ni siquiera el motor de la 81 emite algún sonido y su trompa vinotinto luce más oscura. Medellín está llena de luces y comienza a volver a la vida, aunque al sol aún le falten muchas horas para salir. A la bahía le hace falta su ajetreo habitual: ruido de motores, risas, alegatos, olor a café y a cigarrillo.

En la Sur, madrugar significa hacer el primer viaje entre las 4:10 a.m. y las 8:00 a.m., y el que empieza temprano, termina temprano. La pernota consiste en una tabla que inicia “tarde” (para ellos, no para cualquier mortal) y que acaba tarde; se hace el primer recorrido después de las 8:02 a.m., y por lo general sale del Éxito con el último viaje después de las 9:00 p.m.

Basta de suposiciones. Sin cejas es el conductor con el promedio más alto del Circular Sur. Su apodo nació de su escasez de pelo en el cuerpo. El hombre tiene alopecia y, evidentemente, carece de cejas: las tiene pintadas con un delineador en lápiz de color café medio.

Al preguntarle por qué no vino la 08, me cuenta que la 08 nunca madruga y la 252 nunca pernota. Cambiaron las tablas de tal modo que cuando la 08 madruga, la 252 hace la tabla, y viceversa.

El primer Circular no sale a las 4:10 como dice en la tarjeta; normalmente sale con un retraso de unos cinco minutos, puesto que el siguiente Circular lo hace diez minutos después.

Sin cejas baja por San Juan con una tranquilidad extraña para la ruta: “A esta hora no se corre, no hay nadie adelante, no hay a quién sacar [del paradero de la Avenida Oriental]”.

La soledad inicial de la bahía va cambiando a medida que se baja por San Juan. Cuando llegamos al Edificio de los Espejos hay unos quince pasajeros en el carro. Es más de lo que me esperaba a esta hora.

Antes de llegar a la Oriental se le acaban las monedas al conductor, a quien también llaman Monstruo de agua. Ante la situación comenta que en el paradero de los buses de El Poblado Laureles está “El gato”. El gato es un hombre que cambia monedas. Llega al paradero a las 4:00 a.m.

Sin cejas cronometra los tiempos de todo: semáforos, pedazos del recorrido, paraderos… Según él, se gasta 45 minutos de la bahía al Poli, porque en el Poli y en EAFIT sólo se recoge y descarga, de tal modo que logra salir del paradero de la última con 17 minutos exactos para llegar al Éxito de Laureles.

En ese momento sólo se les da una hora y dos minutos para dar la vuelta completa. Y hay que “rayar”. En cristiano, rayar es llegar con el tiempo exacto a la bahía. Ni un minuto más… Sin la excusa de que a esa hora hay tacos, no hay razones para atrasarse.

A las 5:00 a.m. comienza a fluir el tráfico de la ciudad. Las calles empiezan a llenarse de particulares, taxis, buses… pero aún no hay trancones. Y empieza la correría que caracteriza a la ruta. Con la ventaja de que si es necesario “comerse” un semáforo es posible hacerlo.

Sin cejas dice que un buen viaje de 4:10 a.m. mueve unos 60 pasajeros, uno malo unos 40. Hoy movió 55.

A las 5:12 llega a la bahía, como debe ser. Aún no hay despachador. La lógica del conductor de Circular dicta que el despachador es “Cantinflas”, porque “Chelo” llega las 4:30 a.m. A esta hora las cosas son a otro precio. El bus que viene atrás sólo lleva tres minutos de diferencia. Monstruo de agua comenta que este viaje es mejor y que la madrugada define al día: “La madrugada es la mitad del día. Si muevo 600 pasajeros, 300 se hacen en la madrugada”. El promedio para él es de 320 pasajeros en cuatro viajes.

A partir de las 6:00 a.m., los buses se despachan con dos minutos de diferencia. Entonces, la vida toma un ritmo vertiginoso. A las 6:14 es el mejor viaje de la madrugada: Monstruo de Agua movió103 pasajeros.

El último recorrido de la madrugada es 7:16. El viaje no es malo, pero, mostrando porqué tiene el mejor promedio de la Sur, Sin Cejas logra mover 107 pasajeros. Dice que con este viaje “necesitaba compensar el primero, que fue muy malo”. Cuando llego a la bahía por última vez, y siguiendo la lógica, “Cantinflas” ya ha llegado, el Sin cejas tiene descanso y yo me hago pasar por pasajera en el trasbordo de la 436.

Pero pernotar aburre.

―¿Le puedo hacer una pregunta? ―. ―¿A quién le toca la pernota de 9:30 p.m. hoy? ―A mí.

La pernota del Circular Sur consiste en una tabla de viajes que inicia “tarde” ―para ellos, no para el ciudadano de a pie― y termina igualmente tarde. La norma dictamina que el primer viaje de la pernota se hace a las 8:00 a.m. A los carros que salen después les corresponde esa tabla. Por pura casualidad, el bus en el que iba para la bahía a hacer la pernota fue el mismo que tomé al salir de la universidad.

Luego de una corta conversación en la que hablamos entre otras cosas de Fabio Gómez ―El patrón del conductor―, el trabajo en carretera e incluso, la el temor que le tienen las personas al cambio, llegamos a la bahía. No hay preocupación por caerse (llegar tarde), es más, muchos conductores no hacen ese viaje. En el Éxito de Laureles está don Héctor despachando. Le dice al Mono que se espere “un momentico” a que logre llegar la 424. El hombre que está sentado a mi lado hace lo que le dicen y recibe el trasbordo. Sale del paradero a efectuar el que los conductores consideran el peor viaje de la ruta por dos razones: se termina tarde y “no se mueve pueblo”.

Más abajo del Consumo de La América, en el primer paradero de San Juan, y de la manera más atravesada posible, nos alcanza Tilín en la 425. No me quiero ni imaginar cuánto tuvo que correr para lograr pasar ese trasbordo.

La gente desaparece mientras la ciudad agoniza lentamente. Dos pasajeros en el Disco ―uno de los paraderos de la Oriental, llamado así porque originalmente ahí estaba el almacén El Disco―, y ninguno en Los Espejos, son el saldo del paso por la Avenida Oriental.

Bajando por Las Vegas, al frente de la Clínica Clofán, había alguien esperando y no lo vimos extender la mano; sólo hasta que silbó, el conductor cayó en la cuenta y frenó en seco. Al parecer, al hombre no le importó correr de saco y corbata. Al subirse preguntó si ese era el último viaje. En efecto, era el último.

A diferencia del resto de la jornada, el Poli está vacío. EAFIT también ha exhalado su último suspiro: por sus torniquetes no transita nadie y las lámparas blancas de la portería de la Avenida Las Vegas han sucumbido a la oscuridad. Medellín está pronta a morir, el tráfico ha disminuido y con él su ruido, los trancones ya no existen, y por ende el arriero tampoco. 

En la Avenida 80 recogemos el pasajero final. En la Clínica Las Américas, la última de las paradas obligadas, hay cuatro pasajeros en el bus. El Mono me ha dicho que una pernota de 9:30 movía veinte personas como mucho, y hoy fueron 14. No existe predicción más acertada que la experiencia de un conductor.

El Mono hizo el final del viaje mucho más rápido. Al llegar a la bahía todo era silencio. A esta hora los únicos conocidos están en la bomba de San Juan, al frente de Consumo, dónde suelen tanquear los carros de Fabio Gómez. El hombre con quien compartí esta pernota parqueó, descargó el último pasajero e hizo la liquidación, antes de llegar a la estación de gasolina.

428 pasajeros en el día y más de 650 mil pesos para su patrón.

Son las 11:00 p.m. A mí me resta media hora para irme a dormir; a él… subir el bus al parqueadero y finalmente, tras la agobiante jornada, cambiar su vehículo de trabajo por una moto e irse a descansar.  

Doble feo y otras chapas de la Sur


"¿Por qué los conductores tienen el vicio de ponerse apodos? - ¿De ponerse chapas? – Sí. Chapas, apodos, motes, ¡cómo quieras decirle!". Me comenta Esneider, mejor conocido como Jochefa

Si en un lugar son comunes los sobrenombres, es en el gremio de los conductores. Es una parte de su cotidianidad, al punto de llegar a ignorar el nombre de pila de los compañeros.

“¿Cómo se llama Velorio? - …Velorio. La verdad, no sé”… El apodo predomina por encima del nombre hasta niveles cómicos.  

Al preguntarles porque se llaman con motes no logran llegar a un consenso. Velorio afirma que se dan por la “camaradería que se maneja con los compañeros”. Doble feo asegura que lo hacen  porque “les gusta poner en ridículo a la gente, porque les queda más fácil…”. El Mocho, por su parte, dice que “es una costumbre, todos se conocen por un apodo, no por el nombre, cuando llegan a la ruta los bautizan…”. Jochefa cuenta que su apodo es un asunto de herencia: “Eso siempre ha sido un tabú entre los conductores. Yo no tenía chapa, es una herencia de mi papá. Muchas veces pasa eso también en el gremio”. Congote asevera que “de por sí es manera de socializar entre nosotros. En ocasiones uno asocia a un compañero no con el nombre sino con el apodo”; mientras Cossio no tiene reparos en asegurar que probablemente sus compañeros “hicieron algo y desde ahí les quedo, o en las terminales no falta el que pone los apodos. Casi siempre  hay un man que bautiza a todos, al que llega lo bautiza con un apodo”. 

Doble feo, Velorio, El Mocho, Jochefa, Mostro de agua, La muerte… son algunos de los hombres más conocidos del llamado Circular Sur 303. Cada uno tiene una historia detrás de su sobrenombre. 

Doble feo no, John Jairo, ¡John Jairo!, así responde este hombre cuando se le llama por su chapa. Sinceramente, me lo imaginaba más feo, porque hasta donde me contaron su apodo nació de este defecto físico: “Doble feo es tan feo que es dos veces feo”. John Jairo es moreno, de estatura y contextura media. Maneja “la 307” ―forma usual, con artículo femenino, en que los conductores se refieren a su vehículo―, bus perteneciente a la empresa Sotrames. No tiene reparos en asegurar que prefiere su nombre y que su apodo nació del hecho de ser feo. Aunque también cree que nació de una canción de salsa que versa así: “El lunes salió a trabajar, no regresó al apartamento, el viernes llega doble feo, pura cabeza y sin aliento”.

Velorio es El Señor. Es uno de los hombres más antiguos de esta ruta. Un ‘vieja guardia’, dirían algunos. Tiene el cabello negro algo canoso, el cual se peina hacia atrás y unos dientes dignos de envidia. Veinte años manejando bus lo hacen uno de los mejores. Cuenta que se levanta cada día pensando en “ver si hoy movemos los 800 (pasajeros)”. El considerado mejor chivero maneja también el mejor bus: “la 420”. Es un bus International lleno de modificaciones en el motor. Ni siquiera tiene el original.  Si se le pregunta porque le pusieron Velorio, él asegura que no existe una razón real. Aunque la leyenda versa que hace muchos años luego de su primer año de trabajo pidió un “caimán”. Y que solía sacar sus días libres con la excusa de que se le había muerto alguien… Una tía, un tío, un primo… Como vivía en “velorios” lo dejaron Velorio

El Mocho es un tipo joven. Un hombre digno de admirar. A su mano derecha le faltan varios dedos. Siempre me he preguntado cuánto tiempo le habrá llevado dominar la técnica que tiene para devolver. ¡A mí se me caen más fácil las monedas que a él! A diferencia de los dos anteriores es un “caimán”. En cristiano, “caimán” significa supernumerario. Está ahí para hacer reemplazos en diversos carros de Coonatra. Asegura, con un cierto dejo de tristeza, que le llaman El Mocho: por mi mano, tengo una mano que le faltan varios pedacitos de dedo”.   

Cochefa es un hombre de mediana edad, moreno y un poco pasado de kilos. Al igual que varios de sus compañeros prefiere su nombre, aunque igualmente afirma que nadie lo conoce así. Su apodo es un asunto hereditario: “Yo no tenía chapa, es una herencia de mi papá. Mi papa tenía una amiga que se llamaba Josefa, cierto día fueron a buscarlo y le dijeron ¿Dónde está Cochefa? Es un juego de palabras. Esa chapa me la dejaron a mí”.


Don José es un hombre bastante serio. Sus compañeros dicen que es un limón. La muerte, le llaman. Su mote nació de su carencia de expresión facial. Puede estar muy enojado o muy feliz y siempre tiene la misma cara seria e incluso intimidante. Es bien sabido en la ruta que le disgusta totalmente su apodo. Cossio cuenta que recién entrado le llamo La muerte, y don José le dijo: “Usted tiene nombre, ¿cierto? – Sí. – Bueno, yo también. Yo me llamo José. Dígame José”.   


Pero cómo en todas partes, existen excepciones a la regla. Juan David, un ex administrador, carece de apodo. Juan es delgado, no muy alto y tiene brackets desde hace algunos años. Maneja “la 436”, un caregato ―bus International cuya trompa se asemeja la nariz de un gato― de Santra.  Algunos aseguran que su carencia de mote se debe al hecho de ser nuevo: “Los vieja guardia son los que tienen apodo”, me dice Frank luego de preguntarle porque Juan no tiene chapa. Y como él no es uno, sencillamente no tiene.    

Apodos pueden existir en cualquier lugar, pero en el mundo de los conductores, es parte de su interacción social, de su diario vivir. Vieja guardia o no, la chapa resulta siendo una parte natural de cada uno. 

Lo que no se nombra no existe, así, los conductores “existen” dos veces. Una con su nombre y otra con su chapa. 

Circular Sur 303: Crónicas a bordo de un bus

Las entradas que suba de aquí en adelante son parte del reportaje que titula esta entrada. Igualmente hacen parte del reportaje En los zapatos de un conductor (http://johaniitah46.blogspot.com/2012/05/en-los-zapatos-de-un-conductor.html) y El trabajo no tan derecho de ir a la izquierda (http://johaniitah46.blogspot.com/2013/06/el-trabajo-no-tan-derecho-de-ir-la.html).

martes, 25 de junio de 2013

El trabajo no tan derecho de ir a la izquierda



Circular Sur tiene 54 buses. Normalmente y por mucho que lo prohíban las normas de las diversas empresas que administran la ruta (Santra, Sotrames, Coonatra y Cotrabel) al lado del conductor suele ir alguien que hace, entre otras mil cosas, entregar las devueltas. 
La primera vez que supe qué era “ir a la izquierda” fue hace año y medio. Luego de una pelea monumental con mi mejor amigo. Fui a buscarlo en su lugar de trabajo de aquel entonces: un Circular Sur 303. Casi automáticamente, me pasé por encima de él para irme a la izquierda en un banquito (los buses International, como el que él conducía no tienen asiento del acompañante). 

Después aprendí que las sillas de aire cortan. Si no sabía saltarme el puesto del conductor podía terminar con una pierna cortada, como me sucedió alguna vez. 

Luego de varios meses, recuperé mi habilidad (antes conseguida en Transportes Estrella Medellín) de organizar las devueltas en cuestión de segundos. Pero esto no es lo único que hace quién va a la izquierda en un bus. Entre otras responsabilidades, la plata debe estar siempre organizada, hay que hacer la liquidación al final del día y cambiar monedas.

Aunque, no siempre se va a la izquierda. Bajo ciertas circunstancias y cuando “el despachador jode mucho” uno se hace en una varilla al lado derecho, de espaldas a la puerta, para “saltar la registradora” en la glorieta de Santa Gema y hacerse pasar por pasajero. 

Recuerdo que luego de muchos ruegos, la patrona de Frank accedió a ponerle una registradora que no devolviera. Esto significó para mí, aprender a brincarme por encima de la registradora, sin ir a moverla, puesto que esto afectaba el contador de la máquina. La primera vez fui muy mala. – “Usted no sirve para confitera” – me dijo el hombre al que normalmente acompañaba. Luego de muchos intentos, en menos de un mes aprendí a pasar sin miedo a caerme de bruces en el piso del bus. No es tan complicado a fin de cuentas. Simplemente, te apoyas de las varillas que rodean la registradora (cuya función final es no permitir robos a la máquina) y pasas cada pierna. 

Quizá lo más complicado de ser mujer y andar con un conductor es que se carga con el “estigma” de ser su novia. La pregunta existió desde el primer día que me vieron con él. –“Y ¿usted es la novia de Frank?”-. Ya perdí la cuenta de cuántas veces lo negué. Muchas veces éramos los dos al unísono quienes decíamos que no. 

En tres días aprendí a hacer liquidaciones: la liquidación diaria es un formato que se entrega junto con la tarjeta de despacho y el recibo del tanqueo. El formato de cierre de cuenta contiene los siguientes datos: fecha, nombre del conductor, turno inicial y final (son los números con los que inicia y finaliza la registradora), número de pasajeros, tiquetes, pasajeros netos (que es la multiplicación resultante del número de pasajeros por la ganancia del dueño), valor (el resultado de la anterior multiplicación), combustible, varios (incluye el valor de la alistada, es decir limpiar el bus interna y externamente, y de las bonificaciones. En Circular Sur suelen darlas por mover más de 600 pasajeros en un día), otros (como la “pesca”, cuando se le solicita al despachador un viaje extra, o la compra de implementos para el bus), total entregado (la resta del valor menos el combustible, los varios y los otros), al final va la firma del conductor como certificado de validez y responsabilidad en los datos.

Seiscientos pasajeros. Significa satisfacción. Cualquiera creería que no, pero la realidad es que sí… y es mucha. Si luego de revisar la registradora se encuentra el registro de más de 600 pasajeros significa que el conductor es un “buen chivero”. Sabe cuándo correr y cuándo no. Alguna vez, Frank movió 800 pasajeros. Diría que fue uno de sus mejores días como conductor. Hice la resta y cuando supe el resultado sólo solté un “¡Fraaaaaaank!” y le dije que había pasado. Inmediatamente una sonrisa se pintó en su rostro. Ese día para su bolsillo se fueron más de $200 mil, lo cual no era normal. La otra gran satisfacción, en lo que a pasajeros respecta, llega a fin de mes. Si un conductor mueve en un mes 13 mil pasajeros, la empresa administradora le da una bonificación de $150 mil y si mueve 14 mil la bonificación asciende a los $400 mil pesos. 

También corroboré que el negocio de los transportes es bastante rentable. Al conductor le quedan en promedio $120 mil pesos diarios y al dueño unos $600 mil. Pero, en contraste con esas buenas ganancias, un bus de Circular Sur con cupo, está costando 600 millones, una cifra no accesible para todo el mundo.

Para un conductor, madrugar y pernotar son dos cosas diferentes. Madrugar significa hacer el primer viaje entre las 4:40 y las 7:00 a.m., “pernotar”, que el  primer viaje se hace después de las 7am. Madrugar cansa pero pernotar aburre. Y  aunque  madrugar represente levantarse bastante más temprano también quiere decir que a las 7:00 p.m. ya se está liquidando, en “pernota” pueden ser las 11 p.m… y apenas se está llegando a la bomba de La América.


Comer y dormir son dos cosas bien particulares en el medio de los conductores. Es bien sabido que ellos son de muy buen comer. Cierto es. Los almuerzos más deliciosos me los comí “donde Chucho” compartiendo mesa con varios conductores. En el restaurante se suele hablar de muchas cosas… “¡Es que el de la 440 es un duro!” o “¿Por qué echaron al de la 428? – Porque se voló con una liquidación.” Dormir sí es una de las cosas extrañas de la vida. O bueno, dormir apeñuscado en la última banca de un bus, usando de almohada uno de los asientos del carro resulta bastante raro. Durante el descanso largo es algo que se suele hacer detrás del Éxito de Laureles. Se cierran las puertas y la ventana del conductor y “uno se echa a dormir atrás”. No se duerme muy bien que digamos, pero después de 10 horas levantada, el caso es dormir, no dónde. 

Cualquiera creería que “ir a la izquierda” es sólo dedicarse a ordenar devueltas y ya. La realidad es que no. Se conoce el mundo que hay detrás de los hombres que día a día movilizan esta ciudad y su gente.